jueves, 5 de enero de 2012

Dudas, huir, salir corriendo.

Estoy esperando una llamada que se que no va a llegar, un mensaje que no voy a recibir, un gesto que no podré apreciar.
Me hierve la sangre de rabia y dolor, tengo que salir corriendo.
Debo correr, correr y correr, correr lo más lejos que pueda, lo más lejos que me alcancen las piernas.
Quiero correr, huir, esconderme y no pensar. He encontrado la solución, huir.
Salir y no sentirme aprisionada.
Olvidarme.
olvidarlo.
A él que algo me da y que no se qué es.
Asco, horror.
Huyo.
Unos pies que vuelan como vuelan los pájaros.
Huyo, como aquel que no es capaz de mostrarse a si mismo.
Que no es capaz de encontrarse con su propio reflejo porque le apabuya encontrarse con la realidad.
Con su reflejo. Con su cara. Con unos ojos que no quieren nada más que llorar y salirse corriendo de sus cuencas para que nadie la pueda ver llorando.
Esos mismos ojos que muestran siempre la verdad a aquel que quiera percibirla.
Porque es tan sencilla ver la verdad en estos dos ojos enormes color miel, cercados por un aro marrón que delimitan la intensidad de la misma forma que la playa delimita la mar, grandioso manto azul que parece dejarte sumir bajo él, mas que con el tiempo te atrae, cada vez más, sin tú darte cuenta, hacia su profundidad, hacia su nucleo.
Hacia algo tan oscuro como el pensamiento del amante no correspondido, que, falto de cariño y amor por parte de a quien él quiere considerar su compañero, prefiere una vez más verse sumido y devorado bajo las mandíbulas de la más peligrosa fiera, que cargada de culpa, sacia su apetito solo con la carne humana que él piensa débil, más que fuerte es y llena de coraje está para un día, ya recuperado su corazón dentro de ese cuerpo que algún día se lo robó, consigue salir de las fauces de ese mezquino cazador.

28/08/2011

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